Donde cruza errante la sombra de Caín. Violencia humana y religiosa (Gen 4, 3-8)

   El hombre, un ser que puede matar a causa del capital “divinizado”

De esta forma acaba uno de los poemas más duros de Antonio Machado, en el que presenta Las tierras de España como“un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín”. Vengo de México, y también allí he sentido la sombra de Caín, y lo mismo en USA y otros lugares del planeta.

Evocando esa sombra comencé un curso en la Universidad ITESO SJ de Guadalajara MX (11-13 9.17), sobre el tema del poder y dinero en la Biblia, y en esa línea, de vuelta en San Morales, quiero desarrollar el tema del “primer sacrificio” de la historia humana.

Según Gen 1-2, Dios había creado a los hombres para dialogar, en amor, unos con otros, pero ellos han preferido avanzar por caminos de lucha,
 fundados a veces en la misma forma equivocada de interpretar a Dios, y convirtiendo una falsa violencia religiosa en formas de violencia humana.

Cada lector puede aplicar el argumento como crea preferible, en plano económico (desde un tipo de capitalismo que mata), político (unos grupos humanos contra otros), confesional (guerras religiosas….) o estrictamente personal.

Me gustaría que el tema fuera más amable, pero así presenta la Biblia su argumento, desde la segunda página, Gen 4. Ésta es una “historia” verdadera del principio y actualidad de nuestro mundo, una historia que debemos repensar para superarla, como quiso A. Machado.

1. Caín y Abel, un tema económico.

La naturaleza anterior (prehumana) había encontrado y desarrollado resortes de compensación y equilibrio al interior de la «lucha por la vida» (struggle of life). Pero el hombre ha roto o, por lo menos, ha perturbado seriamente ese equilibrio a partir de su potencial enorme de violencia. (a) Por un lado, es tierra y se mantiene en dura armonía con el resto de animales y vivientes de su entorno. (b) Por otro es más que tierra y vida animal, aunque, siendo soplo de Dios y habiendo podido mantenerse en gratuidad, ha desarrollado un tipo de violencia muy especial en relación con otros hombres y con la misma naturaleza, como evocaba Gen 2-3.

Dios puso a los hombres en el “jardín” para que lo trabajaran,en compañía de los animales. No les impuso ley alguna positiva (podían comer todo), pero quiso trazarles (recordarles) un límite: ¡Que no comieran del fruto del árbol del bien y del mal, pues el día en que lo hicieran morirían! Actualmente comprendemos bien ese “límite”, pues estamos descubriendo con gran claridad que, en la línea de deseo y capital podemos destruirnos como especie humana. Desde ese fondo se entiende la historia que sigue:

Pasado un tiempo, Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Yahvé. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, y de la grasa de ellas. Y miró Yahvé con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín ni a su ofrenda, por lo cual Caín se enojó en gran manera y decayó su semblante. Entonces Yahvé dijo a Caín: – ¿Por qué te has enojado y por qué ha decaído tu semblante? Si hicieras lo bueno, ¿no serías enaltecido?; pero si no lo haces, el pecado está a la puerta, acechando. Con todo, aunque viene por ti, tú puedes dominarlo. Caín dijo a su hermano Abel: “Salgamos al campo”. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató (Gen 4, 3-8).

En el momento anterior (Gen 2-3) no se puede hablar aún de enfrentamiento mimético (envidia y lucha entre Eva y Adán, pues ambos comían la misma “manzana), sino de voluntad de dominio universal. Pues bien, cuando esa voluntad queda frustrada y el hombre se descubre incapaz de poseer la vida por sí mismo (en una línea egoísta, no en gracia, como Dios), surgió el poder como deseo de dominio posesivo expresado en la lucha a muerte entre hermanos:

‒ Dos hermanos, dos trabajos. Son lo más cercano (han brotado del mismo vientre de un madre, se han educado juntos) y lo más lejano (ambos desean lo mismo). Tienen todo lo que podrían desear, pues se extiende ante sus ojos el mundo inabarcable, pero cada uno desea sólo lo que tiene el otro. Abel es pastor de ganado menor (tson: ovejas/cabras, animales domésticos de la zona mediterránea). Caín, en cambio, es agricultor (servidor de la dura adamah no del Parque Edén de delicias). Muchos han visto en esta división el prejuicio de los semi-nómadas pastores contra los agricultores, pero ese motivo no basta para explicar el antagonismo .

‒ Dos riquezas, dos ofrendas. No se ha dicho que Dios les pida nada, pero ellos se lo ofrecen. Lógicamente, Caín eleva su riqueza, una minjá (fruto del campo); Abel eleva el sacrificio de los primogénitos de su rebaño, quemando ante el altar la grasa de las ovejas/cabras inmoladas como riqueza para Dios. Lógicamente, uno entrega los frutos de la agricultura (pan, vino, aceite…), otro el sacrificio de los primogénitos de su rebaño. Enfrentadas así, las dos ofrendas parecen formas de expresar el reconocimiento de Dios, pero también el egoísmo human.; no son un puro regalo en gratuidad, sino un tipo de capital, para ganar a Dios, para lograr la supremacía sobre el otro, el primer dinero elevado ante el mercado supremo de un Dios imaginado de algún modo como “avaro”.

‒ Dos respuestas de Dios. El texto dice que aceptó la ofrenda de Abel, no la de Caín. La razón parece clara en perspectiva de historia de las religiones: al Dios de oriente le gustaban los corderos/cabritos, la grasa que se quema en su honor sobre el altar (cf. Gén 8,15-22), más que los productos de la agricultura (es más carnívoro que vegetariano). Por eso le agrada, sobre todo, la riqueza de la ganadería, aunque el texto no diga por qué, sino simplemente que le gustó más la ofrenda de Abel, que la de Caín, sin dar más razones, como si el valor de ese capital/sacrificio dependiera sólo de un gusto misterioso de Dios.

2. ¿Por qué prefiere Dios la ofrenda de Abel?

No se dice la razón, aunque él intente evitar la lucha entre los dos hermanos. Por una parte se complace en la ofrenda del pastor (Abel), por otro intenta que Caín no intente matar a su hermano. En esa línea podríamos afirmar que la más honda y terrible humanidad empieza allí donde un hombre (Caín) empieza a pensar que Dios se agrada más en otro que en él, queriendo matarle por eso.

Una vez que lo miramos de esa forma, en una primera lectura, el texto, que podía parecer casi plano, se vuelve enigmáticamente profundo, no sólo por lo que dice, sino por lo que supone, pues en sus palabras vienen a cruzarse y anudarse todos los problemas de la historia, empezando por el enojo de Caín agricultor contra su hermano Abel pastor… De todas formas, el texto no explica por qué Dios actúa de esa forma, pidiéndole a Caín que no se deje llevar por la ira interior… en vez de amar igual a los dos (Caín y Abel).

Quizá podamos hablar de un complejo de inferioridad de Caín,que se siente preterido por Dios y postergado, rumiando su impotencia, lleno de envidia, sin más salida que matar a su hermano, para elevarse él mismo sobre la faz de la tierra. En esa línea, el texto habla de un pecado, que está rondando el corazón de este “marginado” de Dios, como una fiera que tiende a destruirle, acechando a su puerta, para añadir, de forma sorprendente, que esa fiera de pecado no es una fatalidad, algo que destruye fatalmente su vida, sino al contrario, “algo que tú puedes dominar”.

Da la impresión de que aquello que Gen 3 presentaba como serpiente (un deseo de totalidad) viene a presentarse aquí como fiera interior que acecha, vinculada a la envidia de Caín, porque Dios prefiere el sacrificio (el “capital”) de Abel. Pero ¿cómo sabe Caín/agricultor que a Dios le agrada más la vida/ofrenda de Abel/pastor que la suya? ¿Será porque en principio Abel/pastor tiene más prosperidad que Caín? El texto no responde. Sea como fuere, Caín se siente amenazado por la “superioridad religiosa” (simbólica) de Abel, y no lo soporta, de forma que quiere matarle y le mata.

Lo más significativo es la falta de diálogo entre los hermanos,que no pueden (no quieren) conversar (o por lo menos Caín no lo ha querido), de manera que la disputa interior se resuelve con un asesinato. Caín dice a su hermano “vamos” y cuando están sobre el ancho campo, que es el único templo y altar de la vida, se alza y le mata, iniciando así una historia imparable de lucha sobre el mundo. Éste es el comienzo de nuestra humanidad concreta, la clave de nuestra dura historia, que nace de un tipo de envidia “económica” (¡Dios prefiere el sacrificio de Abel, es decir, el de los corderos!).

‒ Esta violencia empieza con una dualidad que no es de tipo sexual (varón/mujer), ni generacional (hijos/padres), sino (anti-)fraterna, fundada en la posesión y exposición de unos bienes materiales que los hermanos ponen ante el mismo Dios. Esos bienes constituyen todo su tesoro, es decir, su “capital”. Ellos no discutan por dominio sobre mujeres (como en el “mito” del gran macho de S. Freud), ni por el reconocimiento mutuo (como supone F. Hegel), sino por el reconocimiento de Dios, quien aparece acogiendo mejor la ofrenda-riqueza de Abel.

La Biblia sabe que los primeros que se enfrentan en el mundo suelen ser hermanos, especialmente gemelos, porque quieren diferenciarse y cada uno, para ser él mismo (o más grande que el otro), necesita distinguirse de su hermano, apelando para ello al reconocimiento de Dios, ante el que uno y otro elevan-exponen su ofrenda, en un gesto de “generosidad” y de interés sagrado. Empieza así la lucha por el “primer capital”, entendido como ofrenda religiosa, ante el “banco” de Dios.

‒ Valor sagrado. Caín y Abel no ponen sus bienes en el mercado, para así intercambiarlo, sino que los elevan ante Dios, para que él decida, y valore las ofrendas. De esta forma se plantea el tema del reconocimiento, que resulta desigual, y que ratifica-crea la mayor diferencia entre los hombres. Un hermano se siente menos amado que el otro (por Dios, su padre celeste, su patrón) y por eso se alza y eleva en contra de su hermano (y en el fondo en contra de Dios, su valedor), en actitud de muerte). De esa manera, aquellos que pueden (y deben) ser más cercanos se enfrentan con más fuerza.

En esa línea parece que la misma religión suscita un tipo de “destrucción sagrada”, pues tanto Caín como Abel son buenos “religiosos” y así elevan ante Dios una ofrenda (que destruyen u ofrecen en su honor), de manera que renuncian a consumirla o a dársela uno al otro. Así, Caín no regala a su hermano sus verduras, ni Abel regala a Caín sus corderos, sino que ambos ofrecen a Dios lo que podían haber dado a su hermano. En ese contexto se añade que Dios acepta el sacrificio de Abel (quien le ovejas-cabras sacrificadas) y no el de Caín, que le dedica ofrendas vegetales… Dios mismo es quien marca las diferencias, pues prefiere los sacrificios cruentos, aprobando la matanza ritual de corderos, más que las ofrendas vegetales de comida.

Ese Dios muestra preferencias que son difíciles de justificar, de manera que (como vengo diciendo) la violencia de Caín, que mata a su hermano Abel, podría estar vinculada al hecho de que Dios concede menos valor a sus ofrendas vegetales… En esa línea podríamos decir que Caín no mata corderos para Dios, pero se siente marginado por él, y desahoga su violencia matando a su hermano, en gesto de macabro sacrificio humano (pues ese Dios, en contra de lo que sucede con otros dioses) no quiere sacrificios humanos. Sea como fuere, el Dios que había aceptado los sacrificios de corderos de Abel no acepta ya el crimen de Caín, trazando así una diferencia esencial entre la ofrenda de corderos (que forma parte de un culto aceptado por Dios) y el asesinato de hombres (que recibe el rechazo de Dios).

3. Sacrificio, el capital divino de los hombres.

Quizá pudiéramos afirmar que los sacrificios dedicados a Dios (en un caso corderos, en otro ofrendas vegetales…) constituyen la primera “moneda” social, de tipo religioso, que nos sitúa ante una respuesta y solución paradójica. (a) Por un lado, los sacrificios aceptables a Dios son los de Abel, los animales muertos, de manera que la primera moneda es su sangre y grasa ofrecida-quemada sobre el altar. (b) Pero, en otra línea, de manera sorprendente, el verdadero iniciador de la estirpe humana es precisamente Caín, el que mata a su hermano.

Resulta absolutamente claro que el texto condena la acción de Caín, como seguiremos viendo, pero tampoco hace de Abel un modelo moral, de manera que no es fácil presentarle como justo en sentido personal, proyectando sobre él esquemas tardíos de justicia humana. No sabemos si Abel era justo en el sentido posterior, sino sólo que ofrecía sacrificios animales, en los que Dios se agrada, descargando quizá su violencia y agresividad en ellos. Pero su actitud resulta difícil hoy más difícil de aceptar (=justificar), pues él inicia dentro de la historia humana (desde una perspectiva bíblica) la costumbre o rito de matar animales para Dios, como si ello fuera lo adecuado, como si ese tipo de ofrendas fuera la paga (dinero) que debemos darle, recordando que gran parte de la economía de Jerusalén y de otros santuarios antiguos se fundaba en el comercio y sacrificio de animales, personas, ofrecidos a Dios).

Como he dicho, el texto bíblico antiguo (y la tradición básica iniciada con él) no dice si Abel era justo en el sentido moralista, sino sólo que ha sido asesinado, por un tipo de envidia (de Caín) que responde así con violencia a la predilección que Dios ha mostrado por el sacrificio de Abel. Esta es la certeza básica: Dios prefiere los sacrificios animales de Abel… pero no puede aceptar el sacrificio de Caín (que mata a su hermano), condenando así el sacrificio humano como simple asesinato. De esa forma se establece dentro de la historia el primer límite absoluto, socio-religioso que consiste en no-matar personas. Entre el sacrificio de animales y de hombres hay, según eso, una continuidad, pero también (y sobre todo) una diferencia cualitativa:

‒ El hombre, un ser que puede matar a causa del capital “divinizado”. Sabemos que, de alguna forma, el hombre lleva en sí el deseo de superar la muerte, que en el relato del paraíso aparecía interpretada en forma de amenaza vinculada a la comida del árbol del conocimiento del bien-mal. Pero ahora descubrimos que, de hecho (según la misma Biblia), la primera muerte humana fue un asesinato por causa de una “envidia económico-religiosa” (4, 1-16), que ha de entenderse quizá como consecuencia del pecado de Eva-Adán. Caín no puede aceptar que el “capital” divino de su hermano sea superior y por eso le mata, en gesto de envidia, venganza o deseo de superioridad.

‒ Éste es un pecado de envidia económica, y Caín lo comete para impedir que haya a su lado alguien que tenga (o parezca tener) más bendición divina que él. Al matarle está indicando que no soporta que su hermano sea diferente, que le vaya bien, y quiere impedir que exista, aunque haya en la tierra espacio sobrado para ambos. Caín y Abel podían haber convivido siempre que se contentaran con capitales “parciales”. Pero Caín ha querido “tenerlo todo”, no permitiendo que Abel tenga un “capital” distinto al suyo (y superior, según el agrado de Dios). Así le mata por una especie de “deseo divino” (esto es, de absoluto). No lo hace para apoderarse de sus bienes materiales, pues él, que es agricultor, no necesita las ovejas de Abel, sino por una envidia de fondo económico, por el deseo de que su capital sea absoluta (cf. Sab 2, 24).

En un sentido, el mayor capital de un hombre es otro ser humano. El mayor bien de Caín debería ser Abel. Pero ahora descubrimos, desde otra perspectiva, que el mayor peligro de un hombre como Caín es que exista otro hombre que le hace sombra, que le impide ser superior. En ese contexto podemos dudar incluso de la formulación de texto cuando afirma que “Dios se agradó más en el sacrificio de Abel que en el de Caín”. Posiblemente se trata de una percepción parcial de Caín, que no puede soportar que le vaya bien al otro (Abel). De esa forma, por envidia y búsqueda de su propia identidad, Caín mata a su hermano. En ese contexto, allí donde se niega la identidad y valor del otro, allí donde la alteridad se vuelve fuente de envidia, se destruye el ser humano. Esto hace Caín, cuando se eleva en contra de su hermano, iniciando así el desastre de la tierra.

‒ Sangre maldita. La tierra grita a Dios, con la voz de sangre (qol dam) de los asesinados. Una economía compartida sólo tiene sentido si hay amor entre amigos/hermanos. Donde un hombre se eleva contra otro y le mata a otro se destruye toda comunicación humana, por más limpio que parezca el mundo, por más razonable que parezca su economía o su política. Una justicia de fachada, para ricos asesinos o dictadores sería la primera mentira de nuestro mundo, el pecado de Caín.

‒ Humanidad en exilio. Caín no vivirá ya nunca en paz: “andarás errante…”(Gen 4,12-14). Lo que podría haber sido casa para todos los hombres (oikos, lugar de ecología) se ha vuelto para nosotros, caínes (descendientes del primer asesino), un destierro irreparable, tierra de muerte, a pesar de que Dios coloca una señal de protección en la frente de Caín (4,15-16). Sólo reconociendo nuestro pecado y perdonándonos unos a otros podrá haber ecología .

4. Pecado, negar la alteridad.

Abel y Caín representan el conjunto de la humanidad, resumida en dos varones, que habitan además en espacios laborales y sociales diferentes, de manera que no se necesitan uno al otro, ni intercambian sus productos entre sí, de manera que podrían vivir perfectamente aislados, cada uno en una esquema del gran mundo.. Y, sin embargo, se buscan para enfrentarse. Los productos del trabajo, concretados en forma de bienes económicos (comestibles: animales, plantas…) no les llevan a relacionarse en comunión (en un tipo de mercado de intercambios monetarios), sino a enfrentarse con el fin dominar el mundo entero.

Este pasaje nos sitúa por tanto ante una guerra económica y religiosa, fundada en una especie de “impuesto sagrado” de los primeros hombres. El texto no dice que Dios les haya pedido ese impuesto, pero ellos se lo ofrecen, como si quisieran justificar lo que recibido (y lo que han conseguido con su trabajo) con un tipo de ofrenda religiosa que es el primer “dinero” de la historia, ofrecido a Dios en un tipo de mercado religioso, ante un Dios que distingue entre las ofrendas de uno y de otro, de manera que mismo producto del trabajo de uno y del otro tiene carácter simbólico de “moneda religiosa”, una de valor (la de Abel), otra devaluada (la de Caín) .

Como he venido indicando, el texto dice que Dios aceptó la ofrenda de Abel, no la de Caín, pero no añade por qué, quizá porque al Dios de los judíos le agradaban corderos y cabritos (cf. Gen 8,15-22), no ofrendas vegetales, pero esta respuesta no parece conclusiva . Sea como fuere, el texto nos sitúa ante el valor “simbólico” de los bienes del trabajo (agricultura o ganadería), convertidos en una especie de “dinero” para congraciarse con Dios, en un “impuesto” religioso. Los hombres “producen” unos bienes y se enfrentan por ellos, pensando que unos resultan superiores a los otros, de manera que sienten envidia y se acaban enfrentando de tal forma que uno mata al otro desde un trasfondo religioso .

Preguntas finales.

El mismo tema plantea una serie de interrogantes:
1. ¿Por qué hay que ofrecer a la divinidad un tipo de tributo que se expresa en los bienes más valiosos de cada uno: Una res del rebaño, un fruto de la huerta?
2. ¿Por qué estos hombres regalan su ofrenda a Dios y no se la regalan uno a otro?
3. ¿Por qué entra Dios en el “juego” y escoge/valora unos bienes y no otros?

¿Por qué acepta un animal sacrificado (sangre, muerte) y no una ofrenda incruenta de comida vegetal? ¿Por qué no acepta el fruto de la tierra de Caín? Esta predilección de Dios resulta enigmática… Y podría pensarse que es él quien empieza marcando las diferencias en este “mercado” religioso, al preferir el sacrificio de Abel… Pero, en esa línea se podrían pensar que Abel se ha “pacificado” matando los corderos para Dios, mientras que Caín sólo se apaciguará matando a su hermano…

Este pasaje ofrece así una “parábola” de la vida. Los primeros hombres son dos hermanos, que parecen gemelos y se enfrentan entre sí, no por tema de pobreza (los dos tienen suficiente para comer), sino por envidia: Uno piensa que el otro es superior (más querido de Dios) y no puede soportarlo, de forma que le mata. Son muchas las cosas que quedan oscuras, pero hay algo cegadoramente claro: allí donde los hombres se dejan llevar por su deseo de tener, ser más, terminan envidiándose y matándose a entre sí.

El texto nos sitúa de esa forma ante el trabajo entendido como signo religioso, que desemboca en el ofrecimiento del “capital” producido, no en el sentido monetario de intercambio entre los hombres, sino de reconocimiento ante Dios. La “mercancía” no se lleva al “mercado” donde se intercambian los bienes (del uno para el otro), sino que se pone ante el “banco” de Dios, que asegura su valor, de forma que del “sacrificio religioso” (cada uno lleva a Dios su ofrenda) pasamos al sacrificio del hermano, a quien se mata “porque es preferido de Dios”. Ese gesto nos sitúa ante el principio de la divinización de un “dinero” que hoy, año 2018, aparece y actúa del dinero financiero, un tipo de capital virtual-bancario) que lleva a la muerte de los otros.

por Xavier Picasa

 Fonte: http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2017/09/17

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